Las gallinas felices

¿Cuál es el precio justo de las cosas? Yo no lo sé, y no creo que haya una única respuesta. Después de cuatro años en Galicia adopto con placer la típica ambivalencia y puedo sólo decir “depende”.

Mi primera respuesta sería que el precio correcto es el que me deja satisfecha con la compra. En la última semana he ido a comer en dos sitios nuevos, en uno pagué 9€ y en otro 32€; del primero salí llorando el dinero malgastado y del segundo salí feliz. Esa famosa relación precio/felicidad es para mi el primero precio justo.

Están por supuesto cuestiones prácticas, tipo cubrir costes, pagar honorarios, el buen hacer, el sabor o la estética. Y si estamos hablando de lácteos, carne o huevos también cabe hablar del bienestar de los animales que producen o que son criados para su sacrificio. Siempre me gusta empezar simplificando los razonamientos, para luego introducir variables y ver dónde me quedo empantanada. A paridad de precio y de sabor (es una pregunta teórica, está claro) entre un huevo de gallina ponedora criada en jaula y el de una criada en libertad, ¿cuál prefiero? La siguiente pregunta es ¿cuánto estoy dispuesta a pagar más por el de la gallina en libertad? Otra es -puesto que hay una diferencia de sabor, ¿cuánto vale? El sabor de ese huevo de gallina criada en libertad es dos, tres, cuatro veces mejor que el de la gallina en jaula?

Yo sigo contestando “depende”. Depende de la facilidad que tengo para acceder a esos huevos (¿en el supermercado debajo de casa o tengo que ir expresamente a por ellos?), del uso que le tengo que dar (¿un bizcocho con muchos otros ingredientes o una carbonara o una tortilla de patata?), de cuántos somos en casa (¿un sueldo entre dos, tres, cinco?), de cuántos huevos como por semana, de cómo me va la economía…

Pero esta elección la hacemos a menudo, no? Hay productos que compramos de diario y sin embargo cuando tenemos una ocasión más especial compramos un producto menos asequible (más difícil de encontrar, o más caro, o más delicado).

dsc_0062

Estas fabulaciones mentales vienen al caso después de haber visto las gallinas felices de David Sueiro. Habría que llamarlas gallinas de Mos, de Galo Celta, pero en mi cabeza serán siempre Gallinas Felices. Viven en un pinar, duermen en casetas que parecen bungalows -cada una se busca su sitio-, van a poner huevos cuando quieren en el ponedero, comen lo que piquen y un pienso elaborado específicamente para ellas, y son desparasitadas regularmente así que necesitan menos medicamentos (o ninguno).

dsc_0057

El sabor? Es claramente mejor que el de otros huevos comprados. (No entro a comparar con los huevos de casa, tan difusos en Galicia, porque creo que hay que comparar entre productos disponibles de la misma forma.) Nos llevamos para casa dos docenas y los tomamos pasados por agua, duros, batidos, en tortilla y en una carbonara (de eso más adelante en Panepanna). Donde más notamos la diferencia fue en la carbonara (la menor humedad del huevo hizo que quedara más cremosa y sabrosa) y en la tortilla.

Más allá de las características organolépticas y nutricionales de estos huevos, para mi están el aspecto de esas gallinas, su habitat, el proyecto de David -un proyecto que empieza con la carne de los pollos, gallos que viven por cierto enotro bosque, saltando de casita en casita, y que se expande a embutidos y pechuga curada, conservas, y relaciones con el medioambiente- y la sensación al final que todo cuadra y tiene sentido. Los huevos con el registro sanitario estampado a mano, las cajas de cartón que hacen que sean casi indestructibles al ser enviadas, la señora del restaurante ahí que prepara la gallina vieja en costra de sal. Cuando me tomo uno de estos huevos, me como también un poquito de eso. Es algo romántico, pero si no me enamoro yo de la comida quién va a hacerlo?

Cada huevo cuesta casi 80 céntimos.

Adelante, cerrad la boca. Estáis pensando que es mucho. Que por 1,30€ en el super compráis una docena de huevos, esos son 10 céntimos por huevo. Que cómo van a estar 10 veces más buenos que ese. Que no os podéis permitir los huevos a ese precio.

Sí, es verdad. Yo no me los puedo permitir, no para mi día a día -y además se encuentran sólo en algunos supermercados gourmet (palabras suyas). Pero.

Si un día quiero hacer una carbonara realmente buena, y busco una pasta especial, pido a mi pusher local guanciale, compro pecorino del bueno, también merecerá la pena usar huevos a la altura.
O si consumo pocos huevos, aunque el precio se multiplique por 8,  quizás a final de mes la diferencia está en 10 euros. Y en vez de comerme el huevo insípido de una triste gallina enjaulada he comido el resultado de un proyecto local, sostenible, y de animales felices.

No creo que todos tengan que comer estos huevos todos los días -no hay necesidad y sobre todo no hay producción suficiente. Pero yo pienso en ellos como un vino para una ocasión especial. Y sueño con esas Gallinas Felices.

2017-0110-04

dsc_0077

dsc_0071

dsc_0050

dsc_0040

dsc_0025